Bajo el asfalto.

Su figura sigilosa recorría a toda prisa la noche eterna de las venas de la civilización.

Aquellos túneles interminables por los que transitaba el desperdicio de la ciudad eran su segundo hogar, una red extensa e intrincada que había memorizado durante largos años ocultándose de la sociedad, exiliado de una sociedad ruidosa y plena de luz que no entendía pero tampoco añoraba. Conocía cada alcantarilla, cada depósito, cada túnel, ramal y colector en kilómetros a la redonda. Se movía por las galerías con una agilidad pasmosa aprendida de las ratas, corriendo a veces medio hundido en el agua sucia, otras cruzando como un equilibrista los estrechos bordillos de los canales.

Pero aquella noche no era lo bastante rápido.

Había aprendido a resolver todas sus necesidades en aquel extraño entorno. Tenía varios sitios donde dormir, precarios camastros en los que no solía permanecer más de dos o tres días seguidos. Almacenaba comida y los más variados utensilios en lugares altos y secos distribuidos por toda la red, pequeñas y ocultas alacenas que no podrían descubrir los operarios de mantenimiento. Disponía de agua corriente, agua limpia sí, y había encontrado otros sitios donde los conductos de agua caliente le permitían despistar al frío del invierno. Allí abajo tenia todo lo que podía necesitar.

Y ahora nada de aquello le servía.

Durante largos años había aprendido a adaptarse a aquellas inhóspitas cavernas de ladrillo. Sus pupilas entrenadas se dilataban con una extraña facilidad, fruto de la continua permanencia en la oscuridad, y le permitían ver donde no había más luz que la que goteaba por las rendijas de las arquetas y los imbornales. El silencio le había amaestrado los oídos, capaces ya de percibir el lejano susurro de las alimañas de las que a veces se alimentaba.

Y sin embargo todas esas capacidades no parecían servirle de nada.

Sabía sobrevivir a una inundación; era capaz de presentir la ola implacable de agua de lluvia que cegaba los túneles en segundos, el peor de los peligros en aquel reino. Estuvo a punto de hacerle morir ahogado en un par de ocasiones, pero había aprendido a refugiarse en las bóvedas que podían conservar una reserva de aire cuando se anegaba toda la red. Si, sabia cuidar de si mismo, y había conseguido sobrevivir en ese entorno imposible.

Pero esa criatura nunca lo haría.

Dominaba aquel universo y sin embargo ya no recordaba su propio nombre. Había dejado de hablar solo mucho tiempo atrás. Odiaba el exterior, temía a la luz y a los seres que vivían unos metros más arriba. Muchas veces había tratado de asomarse al exterior en lugares aislados, siguiendo corriente abajo los colectores principales hasta llegar al punto donde vomitaban su contenido en malolientes cataratas. Pero no, no quería el exterior, de la misma forma que el exterior no le quería a él.

¿Por qué se lo habían mandado entonces?

Allí arriba la luz era cegadora. El cielo abierto le aterrorizaba. El viento, los ruidos y todas las sensaciones le eran extrañas y terribles. Si, lo había intentado en varias ocasiones y siempre había regresado a la seguridad de sus túneles. ¿Por qué tenía que salir ahora? Se había jurado no hacerlo nunca más. No tenia necesidad ni motivo para salir al exterior, para dejar su hogar y afrontar quien sabe qué riesgos. ¿Por qué salir? ¿Por qué?

Cada vez respiraba peor.

Pensó entonces que él si que había tenido una oportunidad. No recordaba cuando bajó por primera vez a los túneles, pero para ser niño ya estaba crecido y a duras penas había podido defenderse. Al principio volvía frecuentemente al exterior y las alcantarillas eran solo un escondite. Poco a poco descubrió que aquí abajo no le daban tantas palizas, ni le perseguían, ni le martirizaban, ni le hacían trabajar tan duro. Bajó cada vez con más frecuencia. Fue dominando el entorno. Cazó sus primeras ratas. Aprendió a orientarse. Encontró agua. Empezó a ver mejor. Nadie le echó de menos. Se quedó y se adaptó.

Pero el bebé no tenia ninguna posibilidad.

Y pensó que el había decidido vivir allí. Había hecho de aquel entorno su propia casa, su pequeño mundo. Había escogido aquella vida lóbrega pero libre en vez del sufrimiento y la esclavitud del exterior. Era su opción. No era feliz, pero ya había olvidado en qué consiste le felicidad para los de allá arriba.

Y ahora tenia que decidir.

Ya había llegado al colector principal bajo el hospital. Solo tenía que subir por la escalerilla, levantar la tapa y dejarlo allí, donde pudieran verlo. Viviría. Lo cuidarían bien. Tendría la oportunidad que algún bastardo le había negado al dejarlo caer por aquella rejilla. Si, aquel niño tenía derecho a vivir. Valía la pena arriesgarse.

Y entonces, decidió.

Soportando la tapa de la alcantarilla sobre su cabeza pudo ver como salía un enfermero por la puerta trasera y recogía al bebé. Se lo llevó dentro a toda prisa. Si, se había salvado.

Horas más tarde volvió a aquella alcantarilla. Se asomó de nuevo pero no pudo ver al bebé ni averiguar nada sobre él. Estaría dentro, cómodo, caliente y seguro. No se atrevió a salir y pensó que total, ¿para qué? Jamás lo encontraría; nunca había entrado en un hospital y seguramente se perdería en el interior de aquel edificio inmenso, encandilado por la luz y aterrorizado por los ruidos y por las personas.

Lo intentó pero no pudo ir muy lejos y volvió asustado y jadeante a su alcantarilla. Lo intentó en varias ocasiones más, pero no tuvo valor para pasar más allá de la puerta trasera.

Y desistió.

Pero encontró un recodo amplio y seco en aquel túnel, un lugar agradable. Trasladó allí uno de sus precarios colchones de ramas y trozos de tela. Con el tiempo se acostumbró a aquel lugar, fue colocando allí pertenencias y empezó a preferirlo a otros y a dormir allí con más frecuencia que en sus otras madrigueras.

Cada vez pasaba más tiempo en el colector del hospital. Aquel lugar le gustaba. Se sentía extraño pero le agradaba, tal vez porque su agudo olfato encontraba trazas del olor del bebé. Guardo allí el pañal que había encontrado, y con el tiempo fue acumulando algunos juguetes rotos que encontraba en los alcorques.

Aquel lugar era su lazo con el mundo exterior. El último reducto de su humanidad. 

 

 

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14 thoughts on “Bajo el asfalto.

    1. Me convenceréis entre todos, pero el próximo lo escribo como le gustaba a mi yaya, que siempre se lamentaba porque se terminaba la película y ella quería ver cómo se casaba la parejita, si tenían niños, los bautizos, las comuniones…

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    1. Muchas gracias, pero pienso que al final le falta algo, intensidad, haber profundizado un poco más en la lucha interior que causa esa pequeña reconciliación del hombre con la sociedad… ¿es un acto expiatorio o aflora la necesidad de reconectar con la sociedad? ¿Se proyecta en ese cuerpo indefenso y despreciado como lo despreciaron a él? No se, me quedo con la sensación de que tenía que haber trabajado más el finsl

      Le gusta a 1 persona

      1. Desde mi punto de vista está genial dejar que sea el lector el que se haga algunas preguntas, cierras la historia y dejas ciertas motivaciones del personaje a la interpretación personal, así el personaje será diferente en matices según la experiencia personal de quien lo lee. A mí me gusta, pero siempre se puede hilar más fino (la autocrítica de un escritor puede ser interminable)

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        1. Os respondo a ambos, para no ser muy pesado. Entiendo vuestra opinión, y visto así el final queda abierto. Y tampoco se puede entrar en una espiral de mejora, que termina devorando el tiempo, las ganas y a veces la propia obra. En el próximo intentaré algo distinto, hay que probarse continuamente…

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  1. Themis, te he hecho caso, lo he dejado salir tal cual, sin corregir, sin darle muchas vueltas. No es bueno, al final rompo el ritmo, le veo muchos fallos, pero tiene algo, tiene emoción. Llevas razón, este es el camino. Te lo dedico, me ha inspirado el amor con que tratas a esos niños.

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    1. Gracias Israel por el cuento, por tus palabras, me ha deleitado mucho.
      Escribir es como hacen los niños cuando dibujan, se empieza con el garabato, que sale sin ningún miramiento, como nazca desde dentro, conectado a la fuerza creativa y a la emoción del momento. Más adelante, entra en el mundo de la forma, es la primera corrección para quien escribe. ¡Adelante!. ¡Sigue!.
      Un abrazo grande y de nuevo gracias

      Le gusta a 2 personas

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