Escribir, esa tierna locura.

¿Qué me induce a perseguir ideas y maltratarlas con mis escritos? 

¿Qué me hace arriesgarme a parecer un idiota por usar palabras que solo sirven para engordar los diccionarios? 

¿Qué me obliga a malgastar mi tiempo escribiendo, total para qué, cuando podría invertirlo en descanso o quien sabe si cambiarlo por dinero?

He husmeado bastante en mi interior tras la pista de la verdadera razón que me anima a escribir. Y después de analizar sueños, ilusiones y quimeras, tras descartar ambiciones, caerme de inciertos pedestales y sumergirme en un confuso mar de pasiones, al final he logrado llegar a la verdad desnuda:

Escribo únicamente porque se lo debo a un niño.

Se trata del niño con cuyos ojos veo el mundo, el pequeño rufián que imagina las cosas por mi, el rebelde que ha tratado de conservar su curiosidad intacta frente a la constante erosión del tiempo, la experiencia y la madurez.

Es un niño crédulo, inocente, irresponsable e inmaduro que habita mi conciencia y que de vez en cuando me arrastra en sus juegos y me conduce en sus aventuras. Una presencia incontrolable que vaga sin rumbo por mi vida desordenándolo todo para que nunca me acomode y siempre tenga algo que me remueva y me inquiete. 

Es él quien me empuja a intentar absurdos y acometer imposibles, tan solo porque le apetece verme hacer el ridículo y reírse de mi, y a veces reírse conmigo.

Él es el niño que era y que siempre he sido.

Un niño travieso e inquieto que nunca dejó de preguntar “por qué” y que nunca se conformó con un “porque sí”. El mismo que hoy no me perdona haber sucumbido a la edad y haberme entregado a la sensatez de esta manera. 

Y este insufrible mocoso me incordia y me exige continuamente que le abra una ventana en mi rutina para poder asomarse y gritarle sus pequeñas locuras a quien quiera saber de ellas.

Por eso escribo. Cuando él necesita aire yo le dejo salir. Me deja tranquilo por un rato y cuando vuelve me recuerda que sigo vivo.

Pero ¡Maldito niño! ¡Déjame que lo cuente! O mejor será… Si, anda, Alberto, explícalo tú…

 

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4 comentarios en “Escribir, esa tierna locura.

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