El realismo estupendo.

El realismo fantástico, ese género que tan grandes obras ha dejado para la literatura universal, encuentra hoy una nueva y popularisima variedad en el Realismo Estupendo.

Es este un género donde se mezclan en partes iguales realidad y fantasía, con la notable diferencia de que todo es estupendo: Se crea un universo irreal donde la gente es rica, alta, guapa, tiene posición y fama, y se pasa el día entero haciendo cosas que tú y yo pagaríamos por poder hacer y a las que ellos llaman trabajo. No te indignes todavía, querido lector, que además hay otras cosas a las que llaman vacaciones.

El realismo estupendo se nutre de personajes que no llegan a ser reales, más no por su naturaleza fantástica, sino por su propio aspecto: esos rostros de laboratorio, esas curvas recauchutadas o esos grumos de esteroides y hormonas que tienen a modo de músculos – y algunos a guisa de cerebro, aunque esto estaría por demostrar- configuran una estética característica a caballo entre el decadente imperio romano y una película de terror.

El contenido de las historias del realismo estupendo es en general bastante plano y uniforme. Los argumentos se basan en un reducido grupo de clichés sobre el modo de alcanzar la fama que se reducen básicamente a tener unos apellidos, acostarse con alguien que tiene unos apellidos, acostarse con alguien que tiene unos apellidos y contarlo en los medios, ver como alguien se acuesta con alguien que tiene unos apellidos y contarlo en los medios, hablar de la gente que ve como alguien se acuesta con alguien que tiene unos apellidos y llamarse a uno mismo periodista y todo un sinfín de variaciones sobre el monotema “madres solo hay una y a ti te conocí en la zona vip del club Venus”.

En contraste con la simplicidad argumental, el realismo estupendo presenta un variopinto repertorio de conflictos. Desde la socorrida prueba de paternidad como medio para ser o dejar de ser un hijo putativo, pasando por esa herencia que causa tal trifulca que no se resuelve hasta que el propio difunto sale de su nicho para poner un poco de orden, siguiendo por la infidelidad en todas sus variaciones y grados posibles (incluyendo el extremo de la indignidad que supone practicar sexo con el propio cónyuge sin pagar), y toda otra serie de pequeñas o grandes mezquindades de carácter económico, monetario o pecuniario de lo más entretenido.

Si hemos analizado ya los principios, limitados al tema único de las cuestiones heráldicas, los finales de las historias tiene aún menos variabilidad. De hecho no la tienen. Porque en el Realismo Estupendo no hay finales.

No, porque la gran virtud del género es crear tal adicción en el seguidor que las historias nunca terminan, al menos no lo hacen mientras a los protagonistas les quede algo que vender para seguir haciendo caja, o a sus herederos, a veces hasta varias generaciones. En estas condiciones las series se hacen infinitas, los argumentos entran en bucle y los protagonistas suelen terminar con el paso de los lustros haciendo el socorrido papel de momia, a la que se pasea, se llora, se homenajea o se hace saltar dentro de la tumba mientras haya alguna forma de seguir sacándole partido.

Podríamos destacar algunas obras del género, aunque el medio habitual del realismo estupendo es televisivo y aquí el guión lo escribe normalmente la limpiadora a ratos perdidos. Pero existe una incipiente obra literaria al uso que surge de la necesidad de algunos de estos  personajes de hacer caja a lo bestia vendiéndolo todo de una vez: Escribir sus memorias. Para ser mas exactos, dictar sus memorias. Y para concretar más, pasarle unos cuantos post-it al negro de turno para que se invente el resto. Se trata por su veracidad y realismo de obras realmente estupendas que el lector siempre encontrará de utilidad para calzar alguna estantería o para esos momentos en que te lamentas seriamente por no haber incluido el papel higiénico en la lista de la compra.

En resumen, comprobamos que es un género que reúne todos los requisitos para movilizar a la intelectualidad del planeta a devorar libros incesantemente, mientras sus cónyuges se hacen fuertes con el mando a distancia para poder meterse en vena su dosis televisiva diaria de realismo estupendo.

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