El patchwork. (cuento)

Un día apareció por su casa el alemán que le roba los recuerdos a los viejos.

Poco a poco él empezó a echar en falta cosas que ya nunca volvieron a aparecer. Primero fueron las llaves del coche, después su paquete de tabaco, un día no pudo encontrar la calle donde vivía y al final se le perdieron hasta los nombres de las personas que quería. Aquel malvado alemán se había instalado en algún oscuro rincón para irle desvalijando y, por más que todos lo intentaron, ya nadie pudo echarle.

Pero la desesperación aviva el ingenio y ella tuvo una gran idea. Destapó su vieja máquina Singer y se dedicó a irle cosiendo con esmero los recuerdos, uniendo los pocos retales que les quedaban junto con algunos objetos recuperados e imágenes de su pasado, para hacer un patchwork con el que él pudiera abrigar la desnudez de su memoria.

El alemán, furtivo y tenaz, trajinaba sin cesar en las sombras. A veces le hurtaba la tela y otras le rompía el hilo. Algunas noches se introducía en sus sueños para seguir royendo las débiles costuras de su existencia. Y cada mañana ella tenía que volver a empezar, rehacer algún pespunte o arreglar cómo podía los descosidos.

Así eran los días, el alemán medraba y después ella componía. Y esos días fueron meses, y estos se convirtieron en años. Años de dura batalla cotidiana en una guerra que ella sabia perdida. Años de aguja y dedal remendando aquella colcha protectora, ajada y hermosa, con la que cada noche se tapaba un viejo y amanecía un niño.

Años de amor alimentado con miradas ausentes y besos perdidos.

Hasta que el alemán, furioso, harto de aquel poco a poco, quiso una tarde sacar sus garras. Su orgullo no podía tolerar tanta resistencia, ni su retorcida mente comprendía cómo le estaban burlando de aquella manera. Entonces se fue decidido a por la mayor riqueza que puede atesorar una persona: su dignidad. Y atacó sin piedad.

Más para cada nuevo estrago ella ponía un remedio. Si ya no había piernas, trajo ruedas. Si la cuchara ya no llegaba, la izaba con sus manos. Si no quedaban sábanas limpias, se ponían más lavadoras. Y si no había razón, desde luego había mucho entendimiento.

Siguieron juntos algún tiempo los tres: ella, él y el maldito alemán, que ya no se molestaba en esconderse ni soltaba nunca a su presa. Y cuando aquel enroque se iba a hacer eterno, pues ni el alemán ni ella parecía que fueran a ganar la partida, fue él, en tiempos muy aficionado al ajedrez, quien decidió romper aquellas tablas con una jugada magistral.

No sabría decir cómo lo planeó ni donde encontró las fuerzas, pero lo cierto es que una noche de invierno, cuando nadie lo esperaba, recogió toda su dignidad intacta, le regaló a ella el resto de su vida en un tierno susurro y entonces se evadió para siempre de aquel alemán perverso montado a horcajadas sobre un humilde resfriado. Se fue, libre y digno, ganando aquella última batalla para ella.

Nada más se supo del alemán. Frustrado por la presa perdida, derrotado en el último momento y carcomido por su propia vileza seguramente saldría de allí, lamentándose, en busca de una nueva presa.

Y ella siguió cosiendo aquel patchwork durante muchos años más, haciéndolo cada vez más grande y hermoso gracias a los retales que le llevaban de vez en cuando unos niños que siempre tuvieron nombre.

 

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10 comentarios en “El patchwork. (cuento)

  1. Muchas gracias, es un tema duro y difícil y he intentado tratarlo con delicadeza. No sé si lo he logrado, están todas las fases de la enfermedad, desde los primeros síntomas hasta el final, donde he querido que luzca la esperanza. Es mi pequeño reconocimiento a los cuidadores, que también padecen por la enfermedad y además se dan cuenta de ello.

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    1. Precioso Israel! Qué bonita manera de contar historias tan duras y tan de intensas emociones, que sólo l@s que l@s hemos vivido, conocemos bien….
      Enhorabuena por lo bien que escribes y transmites!!!
      Un beso.

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  2. Un cuento precioso. El símbolo del patchwork como antídoto con el que coser los recuerdos que ese alemán acosa. Somos un 99% recuerdos, por eso el Alzheimer es un poco una muerte en vida, dolorosa para quienes conviven con la persona afectada, que ven como, poco a poco, se va aun estando presente. El tono del texto, las frases, el lenguaje utilizado está muy bien conseguido para el desarrollo de esta metáfora. Excelente.

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    1. Muchas gracias, David. Entiendo que este tipo de historias le llega más a quien, como yo, conoce bien la realidad de fondo: habiendo visto al alemán de cerca se puede entender mejor todo lo que he intentado vestir de metáfora, porque es muy duro, y muy difícil de explicar. De ahí que haya optado por darle forma de cuento y dulcificarlo en lo posible. Te agradezco tu opinión, aunque yo no creo que sea tan bueno y sé que se podría haber hecho mejor. Se debería hacer mejor, porque el tema lo merece. Pero si que estoy contento por haber movido un dedo, aportar un granito de arena para hacer visible esta situación.

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