Citius, altius, fortius.

En este mundo donde unos somos más iguales que otros, los menos iguales compiten por hacerse un hueco en nuestras conciencias. Pero los demás preferimos ver otros canales, ignorando medallas y esfuerzos, sacrificios y ejemplos de superación, y nos dejamos arrastrar por la corriente para contemplar las absurdas historias sin mérito de los cuerpos completos de moda.

Los clásicos nos dejaron el leit motiv de esa competición: Más rápido, más alto, más fuerte. Y por más que lo leo y por más que lo maltraduzco, no consigo entender en qué parte del espíritu olímpico se pide que el deportista tenga que tener todas sus piezas.

Al contrario. Perviven de aquellos tiempos estatuas que nos muestran el canon clásico, belleza pétrea que el tiempo se ha encargado de perfeccionar: a todas les falta algo. Un brazo, una pierna, una mano… Y es ahora cuando, artísticamente mutiladas, reflejan la verdadera esencia del hombre, un ser que ampara la diversidad, perfecto en la imperfección, cuyas mayores cualidades son morales, y no estéticas o físicas.

Quizás por eso siento una gran admiración y un tremendo respeto hacia estas personas que ejemplifican el verdadero mensaje del olimpismo: En esta competición de la vida en la que lo importante es participar, tan solo se trata de ser más rápido, más alto y más fuerte que ayer.

 

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