La extraña vida de las palabras (3)

3. Respuestas.

Más allá de toda esperanza había sucedido lo que yo tanto podía haber deseado en los últimos días.

Esta vez no hubo frases correteando ni otros efectos, sino que de repente se encontraba ante mí un señor alto, muy alto, vestido con pantalón, chaleco y levita, prendas todas de un negro intenso que resaltaban sobre una camisa blanca, sin otro adorno que unos botones negros muy brillantes. Tenía un rostro hermoso, bien proporcionado, de facciones muy marcadas y de una palidez extrema, un rostro en el que destacaban unos ojos vivos de mirada antigua y profunda que te hacían sentir que podrían leer hasta el fondo de tu alma. Surcaban aquel rostro sin edad unas pocas arrugas profundas y bien trazadas por el tiempo y las pasiones.

Aquel señor de negro se dirigió a mí con su voz grave y pausada.

-Espero no perturbarte con mi presencia. Soy Edmundo Dantés, Conde de Montecristo. Te traigo respuestas, pero también algunas preguntas.

Permanecí totalmente paralizado. Por mucho que hubiera deseado durante días que pasara algo así, no me había tomado la molestia de prepararme por si realmente ocurría. Sólo cuando pasaron unos segundos interminables pude ser capaz de articular algunas palabras.

-Disculpe, no esperaba algo así. Y el caso es que me resulta familiar. Si, es usted tal y como yo lo había imaginado.

-No es que sea como me has imaginado, soy porque tú me has imaginado. Y tutéame, por favor.

-Como quieras, esto, ¿Conde? ¿Dantes? ¿Edmundo?

-Edmundo estaría bien.

-Pues Edmundo, hay mil cosas que me gustaría saber y…

-Todo a su tiempo -dijo Edmundo con displicencia-. En primer lugar me ves, aquí, ante ti, y eso seguramente resuelve tu primera gran duda: No estás loco. Esto está sucediendo realmente y la experiencia del otro día también fue real. De alguna manera, claro.

-¿De alguna manera?

-Si, porque lo del otro día solo fue una prueba. Teníamos que saber si eras adecuado para nuestros propósitos y pensamos que lo mejor era organizar todo aquel jaleo para atraer tu atención, pero creando a la vez un entorno tan inverosímil que conseguiría que nadie pudiera creerte si revelabas lo que había pasado. Tenemos que ser precavidos, como bien puedes imaginar.

-Seguro, pero ya ves que podéis confiar en mi, quien quiera que seáis, porque sé guardar un secreto.

-Más te vale. Eres tú quien tiene más que perder si lo revelas.

-Entonces, ¿Se supone que he pasado algún tipo de prueba?

-Bueno, estoy aquí ante ti y te vuelvo a repetir que eso ya revela muchas cosas, ¿no? Saca tus propias conclusiones.

-Efectivamente, por ejemplo, que estando aquí el Conde de Montecristo, todo esto seguramente tiene que ver con alguna venganza…

-Para nada. Además, has leído demasiadas veces mi libro como para no saber que yo no he sido más que el brazo armado de la providencia. No, el hecho de que sea precisamente yo quien aparece ante ti de entre todos los personajes que habitan en tu imaginación no se debe a mis preferencias, sino a las tuyas: al parecer soy uno de tus personajes favoritos.

-Cierto. El caso es que habría mucha competencia, pero desde luego reconozco que de entre todos los personajes que he leído eres uno de los que me causa mayor respeto.

-Eso es importante para mí, y te lo agradezco. Pero ahora, antes de que empieces a hacerme preguntas, somos nosotros los que queremos saber cosas de ti. Es importante que contestes con sinceridad porque de ello depende que podamos darte las respuestas que buscas.

-Como quieras.

-Pues empieza por contarnos quien eres en realidad, porque solo conocemos de ti ese área increíblemente superpoblada que constituye tu imaginación, pero poco o nada sabemos de la parte más prosaica de tu vida.

-Como sabréis mi nombre es Alan, nací en…

-Espera, eso no es necesario, hay una copia de tu curriculum entre nuestros libros que lógicamente hemos leído, así como los extractos del banco que dejas de vez en cuando en tu mesa, el expediente académico que guardas en los cajones de abajo y… en fin, comprenderás que cuando nos interesa alguien tratamos de documentarnos, así que olvídate de esos detalles y céntrate en lo importante: lo que sabes y  lo que sientes.

-Bien. Diría que soy una persona mediocre, o por lo menos así me considera todo el mundo. Hago muchas cosas pero no destaco en nada. El caso es que me gusta intentar cosas distintas, tal vez porque tengo una curiosidad inagotable. Me gusta experimentar, probar cosas nuevas, no me da miedo equivocarme o fracasar en algo.  Y tampoco me importa. Hace mucho tiempo que sé que el horizonte en realidad es el camino, así que trato de afrontar cada paso como si fuera el primero y de saborearlo como si fuera el último.

-Esta bien, Alan, le pasaré toda esta información a algún personaje de los libros esos de autoayuda que te compras de vez en cuando. Ya sabes, los de ficción no tenemos mucha relación con esos cerebritos de los libros de ensayo. Pero vamos a centrarnos un poco. Nos interesa saber qué piensas de nosotros, de los personajes y de los libros en general.

-Vosotros, los personajes de los libros, habéis sido durante toda mi vida el combustible de mi imaginación, los amigos que siempre quise tener, las vidas que quise vivir. Habéis llenado mi vida de paisajes, aventuras y sentimientos que nunca hubiera experimentado por mi mismo. Y en cuanto a los libros, bueno, para mi son valiosísimos, pero por desgracia hoy día se están convirtiendo en mercancía caducada. Ya no se escribe para contar historias, sino para venderlas. O será que solo nos llega lo que se vende, y no es bueno, ni es comparable a libros como el tuyo. Pero hoy la gente no tiene tiempo para leerse 400 páginas solo para conocer la historia de alguien. Bien lo se yo, que precisamente me dedico a robarles su tiempo…

-¿Cómo puede ser eso? ¿Robas… tiempo?

-Si, de cierta manera. Trabajo en una multinacional que se dedica a Internet y las redes sociales. Como siempre nos dicen, su capital se mide en términos de visitas de usuarios y de tiempo de estancia. Cuantas más visitas, y cuanto más tiempo duren estas visitas, mayor beneficio para la empresa.

-¿Y tu te dedicas concretamente a…?

-Mi trabajo viene a ser como pescar: preparar el anzuelo, la carnaza, echarlo al agua en los sitios adecuados, moverlo y tratar de enganchar el mayor número de peces. Aunque últimamente más que pescadores de caña y sedal, parecemos barcos arrastreros: ahora echamos unas redes enormes que arrasan en el mundo virtual y pescan de todo, sin discriminar lo que buscas, porque ya casi no importa.

-¿Y todo esto con que fin?

-Básicamente dinero, porque nuestras manadas de peces valen una fortuna en términos de publicidad, pero por encima de eso esta el Poder. Yo estoy muy abajo en la cadena de producción, pero soy consciente del enorme poder que tiene la empresa: podemos hacer a alguien famoso en minutos, podemos arruinar empresas o duplicar su valor con solo manejar un poco nuestras redes. Podemos movilizar a millones sin que ellos mismos sean conscientes de ello. Sí, podemos incluso cambiar gobiernos o dictar leyes. Y nadie se da cuenta.

-Creo que estas exagerando. Nadie tiene ese poder, y de eso puedo hablar con conocimiento de causa.

-Edmundo, el mundo ha cambiado radicalmente desde tu época. Hoy día la gente se puede comunicar en tiempo real con cualquier persona de cualquier parte del mundo, y esto se ha extendido sin límites, de manera que se forman infinidad de  grupos entre personas que realmente no se conocen entre si, aglutinados por los intereses más diversos. Esos grupos se integran a su vez en otros, y por muy distintos que sean todos tienen en común una cosa: los grupos se pueden manipular.

Así que los hombres son ahora como cardúmenes de peces, se mueven en bandadas a impulsos que ellos piensan que provienen de su libre albedrío, pero que en realidad son provocados por empresas como la mía, que son quienes manejan realmente los hilos.

-Sé bastante de todo esto, no estamos tan atrasados como tú crees, al contrario. De hecho, esto de que hablas ahora es el punto al que quería conducir nuestra conversación. Alan, esta es mi última pregunta: ¿Tú cómo te sientes trabajando en esa empresa?

-¿Sinceramente? Pues… pagan bien, la verdad, y el trabajo en sí me gusta bastante, pero lo que hacemos va totalmente en contra de mis principios. Tratamos a las personas como a vacas a las que no damos más que forraje para ordeñarlas cuando nos conviene.

-Es suficiente para mí. Alan, ahora tenemos que decidir el siguiente paso. Sé que tienes preguntas y esperas respuestas, pero esas respuestas dependen de lo sabes y de loq ue nos estas contando. Pero creo que ya llevas demasiadas ideas extrañas para un solo día. Así que ahora te vas a ir a dormir y mañana cuando despiertes volverás a contemplar estos mismos libros. Piensa en ellos. Piensa en nosotros.

Puede que en vez de respuestas encuentres todavía más preguntas, o puede que solo descubras que todo ha sido una ilusión y, pasados unos días, vuelvas a tu vida normal en la que es posible que llegues a ser feliz.

En cualquier caso lo sabrás mañana por la mañana, y entonces decidirás. Nosotros no tenemos ningún derecho a jugar más con tu tiempo.

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