La extraña vida de las palabras (2)

2. Penumbras.

No es fácil acostumbrarse a vivir con el recuerdo de un hecho tan asombroso. De la misma manera que la retina tarda en reponerse cuando miras al sol o a una luz deslumbrante, y durante algún tiempo continuas viendo esa luz aún con los ojos cerrados, así quedaron impresas en mí las imágenes de los pasados acontecimientos, nítidas y claras, casi molestas.

Más por reales que parezcan los hechos, la propia razón se niega a aceptar la evidencia de algo tan ilógico y absurdo, y en su esfuerzo por afirmarse en sus principios y salvarle a uno de la locura va apagando esas imágenes imposibles y degradando los recuerdos molestos, cubriendo de niebla la memoria hasta que terminas por preguntarte si en realidad todo aquello no fue más que un sueño o una ilusión.

Y entonces esa última pregunta y todas las posibilidades que se derivan de ella se instalan en tu mente, ¿Tan solo fue un sueño?, y esta nueva inquietud te acompaña cuando vas en el ascensor, viaja contigo en el coche camino del trabajo, te despierta por las noches y te sorprende durante las comidas, secuestrando tu atención de todas las cosas que haces, y por más que piensas en ello no le encuentras sentido, no le ves explicación, hasta que finalmente, doblegada la ilusión por el sentido común, te niegas a aceptarlo. Entonces vuelves a vivir con cierta comodidad, aunque en lo más profundo de tu ser albergas el convencimiento de que todo fue real y atesoras el deseo inconfesable de poder volver a vivirlo algún día.

Así pasaron los primeros días tras el incidente, saltando del estupor a la negación, y de ésta a la mas pura curiosidad y finalmente a la desesperanza porque aquella biblioteca, ya recolocada, no volvió a parir frases corredoras, ni de sus libros salió otra cosa que polvo, ni volvió a mostrar el más mínimo signo de actividad.

Todos mis intentos fueron infructuosos. Como inútiles fueron todas las horas esperando en vano que se repitiera aquel frenesí de frases correteando de un lado para otro, deseando que al menos una de ellas se dignara a escapar de su libro, suspirando por un indicio, por un poco de tierra firme donde asentar toda aquella locura.

Y poco a poco las imágenes maravillosas y las sensaciones se fueron apagando en mi retina; mi vida fue reabsorbida por la realidad cotidiana. La rutina vino como una apisonadora a allanar cualquier bache en el sentido común y solo entonces pude empezar a pensar con más claridad; bajo esta perspectiva más reposada, libre de ansias e inquietudes, pude recordar un detalle realmente importante.

Estaba en mitad de una reunión en la que el riesgo no era ya quedarse dormido, sino hacerlo mientras el jefe todavía estuviera despierto. En semejante contexto, una larga y árida exposición sobre marketing en redes sociales puede llegar a mermar tanto la actividad mental del oyente que éste puede incluso olvidarse de respirar; yo, con los ojos entrecerrados, opté por ponerme a divagar, recordando como no podía ser de otra forma los detalles del incidente. Pero al abordarlo de una forma más relajada, acomodado en ese terreno difuso entre la vigilia y el sueño, concediéndome únicamente el placer de recordar lo que viví cuando aquellas frasecillas y yo entramos en contacto, pude ver con más detalle algunas de las imágenes y situaciones y entonces me di cuenta de que todos aquellos personajes y escenas que vi se me habían presentado justamente como yo los había imaginado al leer los libros.

Es decir, lo lógico hubiera sido que Guillermo de Baskerville hubiera tenido la cara de Sean Connery, y sin embargo tenía la cara que yo le imaginé cuando leí por primera vez El Nombre de la Rosa, mucho antes de ver la película. Y Brunello era mi Brunello, y Adso era también mi Adso. Y así pasaba con todos los otros personajes y escenarios que pude contemplar: eran tal y como yo las había creado al leer esos libros.

Y esto, que hasta entonces había pasado por alto, conducía a una conclusión inevitable: lo más probable es que todo hubiera sido producto de mi imaginación. Conclusión de la que tomé nota mental porque el orador de turno anunciaba ya con un carraspeo y un cambio de tono en su discurso que esperaba de los demás asistentes que por lo menos se despertaran para escuchar las conclusiones.

Esa misma noche volví, como todas las noches precedentes, a encerrarme en el despacho esperando lo imposible, pero más consciente que nunca de que era imposible. Contemplando una vez más aquellos libros sentí un vacío enorme, todo había sido una ilusión, y era absurdo sentarse a esperar que pasara algo… ¿o no?

Quizás se trataba de eso: no había que esperar, sino que había que provocar que pasara. Pero, ¡qué tontería!, intentar comunicarse con los personajes de los libros… cualquiera que me oyera diciendo esa idiotez pensaría que estoy como unas maracas. Pero ¿por qué no intentarlo? Total, nadie iba a saberlo. Así que pensé un poco y decidí que si ellos se habían comunicado conmigo a través de frases, tal vez ese era el medio de intentarlo yo con ellos, hacerles llegar unas frases…

“Me honra que me hayáis invitado una vez a vuestro universo. Pero mi mundo ya no es el mismo: Me encuentro perdido y cargado de preguntas, y la más importante es saber si estoy loco ahora, o si lo estaba cuando todavía ignoraba vuestra existencia. Ayudadme, por favor, necesito saber. Vuestro secreto está a salvo conmigo”.

Tras escribir esta nota e introducirla entre las páginas de “La Odisea” me sentí tremendamente ridículo, y al comprobar que tras cinco o diez minutos de espera no ocurría absolutamente nada, subí de nivel y me maldije a mi mismo por perder el tiempo de esa manera, por lo que a modo de expiación me puse a trabajar un poco: haber pasado de puntillas por la reunión de hoy tenía el precio de tener que repasarme ahora las malditas presentaciones para enterarme de algo.

Presentaciones. Mas de lo mismo, de lo de siempre, de lo único para mi empresa: Los de marketing valoran a los humanos por los minutos que dedicamos a cada cosa, y nuestra principal y tal vez única misión era conseguir minutos y mas minutos de esas personas para que ellos pudieran convertirlos en cash. Páginas y páginas de textos y gráficos para explicarnos como podíamos robarle su tiempo a la gente sin que se dieran cuenta.

Pero, eso sí, todo redactado en unos términos tan instructivos que tardé muy pocas páginas en descubrir que lo realmente soporífero de la reunión no había sido el orador en sí, sino el propio texto. Pronto mis párpados empezaron a protestar y yo, que tenía ya pocas ganas de pelea, me dejé llevar hasta que apareció de entre la penumbra Edmundo Dantés, quien con dos o tres pasos firmes se puso ante mí, me saludó y me estrechó la mano.

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