La extraña vida de las palabras. (1)

1. Un arañazo en la pared.

No puedo recordar cómo me dí cuenta del primer arañazo en la pared de mi pequeño despacho del sótano, junto a la estantería. Simplemente estaba allí, quién sabe desde hace cuánto, y no le concedí mucha importancia.

Poco a poco fui descubriendo otra serie de pequeños desperfectos que hicieron que, lejos de olvidarlo, aquel arañazo se fijara en mi memoria como el principio de un problema: La aparición durante los días siguientes de otros arañazos en aquella misma pared y también pequeñas manchas, restos de pintura, grietas e incluso polvo en el suelo indicaban claramente que allí estaba pasando algo.

La estantería contenía libros viejos que yo apreciaba mucho. Aunque la mayoría eran ediciones de bolsillo, muchos de ellos con las paginas amarilleadas y algunos, de tan releídos, pidiendo a gritos unas pastas nuevas, para mi eran valiosos. Me importaba protegerlos de la humedad, los parásitos o cualquier otra cosa que pudiera dañarlos, así que me puse a investigar un poco.

En primer lugar observé que la estantería no se apoyaba bien sobre la moqueta; tal vez alguien había tropezado con ella o la habían movido ligeramente por alguna extraña razón, provocando aquellos daños. Pero se me hacía raro que alguien pudiera tropezar tantas veces con la misma estantería, por muy humano que fuera. Por otra parte no había agujeros de carcoma ni huellas de dedos en la fina capa de polvo que el abandono había ido acumulando sobre las lejas. A falta de más ideas decidí preguntar a todos en casa y nadie reconoció haber estado en mi despacho, ni por supuesto haber tocado aquella estantería, ¿qué estantería?, ah esa estantería.

Decidí tomarme la molestia de vaciar la estantería y colocar todos los libros apilados sobre el suelo para poder examinarla a fondo. Una vez descargada de peso podría moverla de sitio para comprobar el estado de la pared que había detrás.

Había retirado ya los libros de los anaqueles más altos cuando noté un movimiento casi imperceptible al fondo de la estantería. No podía afirmar si era algo real o sólo un producto de mi imaginación, alimentada por la pequeña intriga que me planteaba aquel mueble, pero en aquel momento me había parecido ver fugazmente algo que se movía, como saltando de un libro a otro. Pensé en una pequeña lagartija o quizás algún insecto en fuga, pensé también que podía haber sido una sombra, el vuelo de una pelusa o quien sabe qué otra cosa, pero en aquel momento no le dí mucha importancia.

Proseguí con la tarea cuando al cabo de poco tiempo, mientras me agachaba a dejar en el suelo otra pequeña pila de libros, sentí la necesidad repentina de volverme a mirar a mi espalda. Entonces pude ver de nuevo, y de forma algo más clara, el mismo fenómeno de antes: Se trataba de una pequeña forma oscura y alargada que se movía rápidamente y siguiendo una línea. Era tan extraño que tardé algunos segundos en reconocer lo que había visto, o más bien en admitir lo que ya sabía que había visto:

Se trataba de una hilera de letras desplazándose en fila desde un libro a otro.

Cogí inmediatamente el libro en el que se habían ocultado las letras, una edición en rústica de La Odisea, y lo examiné cuidadosamente. No tenía nada extraño y sin embargo yo había visto claramente como una especie de tren de letras se había introducido en él. Lo miré una y otra vez, pasando rápidamente las páginas, cuando pude observar con el rabillo del ojo un nuevo movimiento, tratándose esta vez de una larga frase que huía de las Memorias de Adriano para refugiarse rápidamente en los Cuentos de la Alhambra.

Instintivamente dí un paso atrás y me quedé paralizado por el asombro. Ya no me cabía la menor duda de lo que había visto. Tal vez esa quietud fuera el momento esperado por el extraño fenómeno para volver a manifestarse, y fueron asomando más frases desde los lomos de otros libros como pequeños seres asustadizos que empezaban a cambiar alocadamente de sitio cada vez con más descaro.

Incapaz de reaccionar, absorto ante aquella locura colectiva de letras correteando por toda la estantería, y de ésta a los libros que ya había en el suelo, y de estos a las otras estanterías del despacho, no fui capaz siquiera de articular palabra o gritar para pedir ayuda. Cuando quise darme cuenta toda la habitación era un hervidero de frases, a veces párrafos completos en formación como las legiones de César, correteando de un lugar a otro sin orden ni sentido.

Me costó dominarme a mi mismo, pero al fin comprendí que aquel fenómeno era completamente inofensivo. Estaba ante la causa de todos esos pequeños desperfectos, pero realmente no parecía que aquel desfile de letras tuviera ninguna intención de hacerme daño.

Empecé a moverme con mucha lentitud, y justo en el momento en que traté de extender la mano para intentar tocar una de aquellas líneas imposibles, todo el movimiento ceso por completo. Me detuve inmediatamente y las frases, como sorprendidas in fraganti por aquel humano que se movía, se quedaron paralizadas y expectantes. Cualquier nuevo movimiento mío seguramente las habría hecho huir como ratones a sus madrigueras.

Mi inmovilidad y la suya se prolongó por unos instantes eternos hasta que una larga y atrevida frase retomó su camino para introducirse en uno de los libros del suelo; progresivamente otras fueron reanudando su recorrido más confiadas, y al cabo de pocos instantes la barahunda de palabras se volvió a manifestar en todo su esplendor. Esperé un rato y volví a estirar la mano otra vez, causando de nuevo el mismo efecto paralizador.

Tras varios intentos logré que aquellas extrañas criaturas se fueran acostumbrando poco a poco a mis suaves movimientos, pero cada vez que trataba de acercarme a ellas me esquivaban, me evitaban, huyendo o dando un rodeo a mi alrededor. Recordando mis proezas infantiles cazando ranas intenté un rápido movimiento para atrapar una de las frases que parecía circular con más lentitud, pero fue en vano: reaccionó con demasiada rapidez a mi torpe movimiento y escapó.

Seguí intentándolo de esta y otras formas, pero no conseguía llegar a tocar ninguna de las alocadas frases, hasta que tuve una nueva idea: cogí en mi mano izquierda la Odisea, tal vez porque era el primer libro en el que había visto movimiento, y mantuve la mano derecha abierta y vigilante, como quien va a atrapar a una mosca, pendiente de cualquier frase que pudiera entrar o salir del libro. Tras unos instantes de absoluta quietud vi aparecer por entre las páginas finales el principio de una frase.

Permanecí inmóvil como un cazador ante su confiada presa hasta que la frase comenzó a salir del libro. Y en ese preciso instante mi mano derecha se cerró rápidamente sobre ella atrapándola sin remisión.

Esperaba sentir el tacto de un pequeño reptil, una presencia fría, alargada y ondulante entre mis dedos, pero la sensación fue infinitamente más frágil, muy suave y delicada. No ejercí mucha presión por temor a romperla o dañarla y me limité a pasar el índice de la mano izquierda por su superficie, como acariciándola, tratando en mi locura de tranquilizarla. Solo entonces pude alcanzar a leerla:

“¡Aguanta corazón, que algo más vergonzoso hubiste de soportar aquel día que el Cíclope, de fuerza indómita, me devoraba los esforzados compañeros!”.

No podía ser casualidad que aquella frase, atrapada al azar, me identificara tan claramente como un metafórico cíclope capaz de atrapar y devorar a aquellas criaturas. En cierto sentido, ya las había atrapado y devorado a casi todas ellas en su momento, haciéndolas desfilar ante mi mirada para extraer la historia que formaban dentro de sus respectivos libros, pero desde luego no me proponía hacerlo físicamente.

No, aquella frase medio enroscada en mi muñeca era una criatura que inspiraba ternura y simpatía. Poco a poco fui aflojando la presión de mi mano hasta que las palabras de Homero quedaron completamente libres sobre la palma de mi mano. Lentamente la dejé en el suelo y reemprendió su camino hacia un nuevo libro.

Algo debió ocurrir entonces, pues las frases cambiaron de actitud, dejaron de eludirme y poco a poco se acercaron, temerosas pero curiosas, a mi mano tendida sobre el suelo. Empezaron a trepar por mi brazo, a recorrer mi espalda y mi cabeza, y al cabo de unos segundos estaba completamente envuelto por ellas.

Era una sensación extraña y agradable, parecida a la que deben sentir los cuidadores de los enjambres cuando se les ve cubiertos por las abejas, salvo que en mi caso no había ningún riesgo de recibir un aguijón.

Entendí que de alguna forma aquellas criaturas me habían aceptado. Y yo a ellas. Me senté en el suelo cuidando de no aplastar a las que pasaban por debajo, y les permití curiosear conmigo. Intenté observarlas más de cerca, comprender qué las animaba, cómo se movían y sobre todo por qué lo hacían.

No parecían tener ningún tipo de extremidad o parte móvil, eran simplemente letras, ordenadas consecutivamente, que se movían sin más pero curiosamente siempre en el sentido de la frase, es decir, de izquierda a derecha; pude observar que cuando se movían en sentido contrario las letras quedaban del revés, como aquellas que escribió Leonardo para ser leídas con un espejo.

¿Existiría alguna forma de comunicarme con ellas? No lo parecía; su único mensaje era el que se podía leer siguiendo las letras que formaban su cuerpo. Este pensamiento me devolvió a la cordura; pensé en obtener alguna prueba de aquel fenómeno increíble atrapando alguna de esas frases en un bote de cristal o en hacerles al menos alguna fotografía. Sin alguna evidencia de ese tipo me tomarían por loco.

Y justo en ese momento empezaron a dispersarse espantadas y a esconderse de nuevo en sus libros; parecían adivinar mis intenciones. Si, apostaría a que leían en mi tan claramente como yo había leído tantas veces en ellas. Y en el fondo yo no me sentía con derecho a revelar el secreto de su existencia, por lo menos no sin haber tratado de antes de comprenderlas y quien sabe si obtener de alguna manera su permiso.

Me tumbé sobre la moqueta intentando relajarme, invitándolas a que volvieran a situarse encima mía, a recorrer mi cuerpo; quería recuperar aquella agradable sensación. Poco a poco empezaron a regresar y a subir con familiaridad y sin recato alguno por mis piernas y brazos. Cerré los ojos para demostrarles mi confianza en ellas, para entregarme a su curiosidad como un Gulliver cándido y sumiso ofreciendo su cuerpo a la exploración interesada de los liliputienses.

Y fue entonces cuando sentí que estaban entrando dentro de mí; no era una sensación física, sino más bien una comunión espiritual, la fusión de seres esencialmente distintos que al unirse compartían un especial tipo de consciencia. Yo estaba en ellas y ellas estaban en mí, y me daban todo su contenido: vivía sus historias a retazos, como incrustado en un increíble mosaico de personajes y ambientes entrelazados.

Por instantes fui Leopold Bloom, y el Alquimista, y Juana la Loca, y Claudio, el emperador que no quería serlo. Estuve en castillos y en naves espaciales, en ciudades antiguas y olvidadas, en galeones y fragatas, asistí a batallas sangrientas y a ardientes momentos de alcoba, supe de las auténticas vidas de aquellos personajes, viví sus emociones, sentí desde el éxtasis místico hasta la más profunda desesperación.

Pude vivir como en un gigantesco caleidoscopio todas esas historias que había leído, todas aquellas situaciones que conocía por la razón, pero que hasta ese momento único e irrepetible nunca había imaginado que podía experimentar con tanta intensidad.

Quise poder retener todo aquel conocimiento, recordar cada instante de aquella experiencia increíble para poder compartirlo, grabarlo en lo más profundo de mi memoria para atesorarlo durante el resto de mi vida, pues no existía cámara ni dispositivo alguno que pudiera captar ni desde luego reproducir aquella intensa experiencia. Y mientras lo vivía, me entristecía saber que aquel momento tenía que terminar y que tal vez nunca más volvería a repetirse.

Traté de aferrarme con todas mis energías a ese estado irreal y fantástico, abandonado totalmente al capricho de aquellas graciosas criaturas que entraban y salían de mí dejando imágenes fugaces de las vidas y los distintos mundos que contenían, increíblemente más completos y ricos en detalles que todo lo que pudieran describir las pocas palabras que las formaban, pero notaba que poco a poco me iban abandonando para volverse a sus libros.

Me encontraron a la mañana siguiente tendido en el suelo y rodeado de libros desparramados por toda la habitación. No supe como justificar mi propia confusión, el desorden del sótano o el hecho de haberme quedado dormido allí, pero lo cierto es que la necesidad de justificarme ante los demás era en ese momento la menor de mis preocupaciones.

¿Nuestro mundo es maravilloso simplemente porque lo es o sólo porque no conocemos otro?

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3 comentarios en “La extraña vida de las palabras. (1)

    1. Bienvenida y muchas gracias, me propongo darle algún sentido a esas palabras olvidadas que andan pidiendo guerra: Hoy la gente no lee, no quiere leer, lo quieren todo hecho, fácil y sencillo. Prefieren sin dudarlo la película al libro pero no por criterios estéticos, sino simplemente por comodidad. Sé que esta es una batalla perdida, pero se lo debo a todos esos libros.

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