viejas cartas

El (hombre en) general no tiene quien le escriba.

La tecnología ha convertido el arte de escribir cartas en un género perdido. ¿Para qué molestarse en redactar unos cuantos párrafos que abrevien sentimientos, relaten situaciones o inspiren deseos cuando hoy día basta con cuatro palabras a las que la ignorancia, la modernidad o la prisa les amputa las haches y las tildes, telegramas escritos por un gorila con guantes de boxeo que se acompañan de un par de emoticonos, esas tristes imágenes precocinadas que valiendo muy poco, al menos valen más que un millón de esas palabras?

Soy un nostálgico. Debe ser cosa de la edad.

Tal vez por eso añoro los tiempos en que te enfrentabas con un folio en blanco para enamorar a distancia o para tranquilizar a la familia que estaba lejos y no podía saber de tí. Dura brega de incierto resultado, esforzada y exigente de talento y tiempo, pero nunca inútil pues el mero hecho de afrontarla ya demostraba interés y se ganaba el aprecio del destinatario.

Eran tiempos en que se esperaba al cartero con ilusión, mientras que ahora solo traen publicidad, facturas y esas notas amarillas con las que los poderosos hacen valer sus derechos, nunca los tuyos. ¡Pobres carteros portadores de desgracias a los que antes les ladraban los perros y ahora les muerden los dueños!

Yo echo de menos aquella liturgia del sobre y el sello, leer entre líneas buscando lo que había borrado el recato, amar también por la caligrafía, imponer respeto sólo con la redacción, demostrar con las palabras, escribir con motivo, tomarse molestias por y para alguien.

También extraño el aroma de aquel folio enamorado que se fue perdiendo en el siempre intenso trasiego de sacas, viajes y manipulaciones. El placer de la espera, la ilusión cotidiana de no encontrar el buzón vacío, la esperanza de haber merecido el esfuerzo de unas cuantas líneas franqueadas.

Y sobre todo aquellas expresiones que le daban cuerpo y dignidad a una carta, como los recursos de amanuense espabilado para sablear a la soldadesca analfabeta o al amigo perezoso, o esos aderezos románticos hasta la cursilada con que el enamorado sazonaba párrafos nerviosos y atribulados, e incluso las formas bien aprendidas más allá de las cuatro reglas que a pepito lo hacían Pepe, y a Pepe don José. Porque en aquellos tiempos las letras dignificaban, aunque hoy te conviertan en un rancio y un plasta.

Nos domina la utilidad. Nos pierde la prisa y nos vence la desgana. La tecnología en vez de mejorarnos nos ha hecho vulgares y simples, prisioneros de lo inmediato, impedidos para esforzarnos en empeños que consideramos inútiles, vagos hasta el extremo de escoger siempre el camino más corto.

El arte se ha sustituido por el interiorismo, la creatividad por saber copiar y pegar, la música por quitarle una pata a la lavadora y poner el centrifugado a ver como suena, la inteligencia por pasar de nivel en un videojuego, la belleza por dejarse llevar por los tópicos efimeros que nos venden los medios, el romanticismo por echarle un candado a una valla y las emociones por esa montaña rusa de ramplonerías empaquetadas en forma de vídeo que compartimos y nos reenviamos unos a otros como si hubiéramos descubierto la piedra filosofal.

Con el género epistolar se ha perdido todo un mundo de maneras de decir lo que se quería decir sin llegar a decirlo, porque hoy sencillamente se dice y punto. Es más práctico, más cómodo y mucho más sencillo. Nada personal. Por eso tiene tan poco valor.

Es lo que hay. Pero no quisiera terminar estos inútiles lamentos de carcamal sin desear que al recibo de la presente os encontréis bien de salud.

Recibid pues un cordial y sincero abrazo de este impresentable que os quiere y no os olvida.

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2 comentarios en “El (hombre en) general no tiene quien le escriba.

  1. ¡Bien! ¡Alguien que no está de acuerdo! Cierto que los comentarios, los me gusta y demás animan y estimulan, y se agradecen mucho, pero lo que uno más aprecia en este mundo es esa palabra sincera que te hace ver un fallo, te corrije un defecto o te discute una opinión. Porque esa palabra es la que más cuesta expresar, y por eso es la que le da verdadero valor al criterio de esa persona.

    Dicho lo cual, revisaré eso que he escrito desde tu punto de vista.

    Me gusta

  2. No le doy a “me gusta” porque no estoy de acuerdo contigo. Es cierto que los tiempos y la forma de comunicarse ha cambiado, pero no todo se reduce a los wasaps con faltas de ortografía. Hay mucho más aunque sea a través de una pantalla de ordenador o teléfono. Recibe también un cordial saludo de mi parte. 🙂

    Le gusta a 1 persona

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